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Málaga, 10/3/2010, (Ecoestrategia).-
En el marco de la Conferencia de Naciones Unidas sobre
Medio Ambiente y Desarrollo (CNUMAD), más conocida
como Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro
(Brasil) en junio de 1992, uno de los eventos más
llamativos del llamado Foro alternativo, donde se reunían
las ONGs, fue el encuentro denominado “Planeta hembra”,
en el cual las más importantes representantes del
llamado ecofeminismo se dieron cita para hablar de pacifismo
y preservación de la naturaleza desde la perspectiva
feminista.
Esta semana se conmemora en el mundo entero el Día
Internacional de la Mujer Trabajadora, una fecha que en
materia medioambiental nos remite al ecofeminismo, el
cual basa su existencia en una diferencia palpable entre
el hombre y la mujer: las mujeres se caracterizan por
un erotismo no agresivo e igualitarista y por actitudes
maternales que las predisponen a una relación armónica
y sostenible con la “Pachamama” o Madre Tierra,
enfrentando así a las empresas varoniles competitivas
y destructivas.
Para algunos teóricos, el punto de partida del
ecofeminsimo es el famoso ensayo El Segundo Sexo (que
en este año cumple seis décadas de haber
sido publicado), donde la francesa Simone de Beauvoir
denunció la exclusión de las mujeres (portadoras
de un proyecto existencial) del mundo de lo público
por parte del varón que se reservaba los beneficios
de la civilización.
Sin embargo, todo parece indicar que el término
ecofeminismo como tal, fue empleado por primera vez por
la escritora y feminista francesa Françoise d'Eaubonne
en 1974, cuando en su obra Le féminisme ou la mort
utiliza el concepto écologie-féminisme o
écoféminisme con el fin de referirse al
potencial que tenían las mujeres para encabezar
una revolución ecológica que conllevara
nuevas relaciones de género entre hombres y mujeres
y una relación distinta entre los seres humanos
y la naturaleza.
No obstante, es en 1962 con la salida a la luz pública
del ensayo La Primavera Silenciosa (The Silent Sprint)
escrito por la bióloga Rachel Carson y considerado
por muchos como la “Biblia del ecologismo”,
cuando se dio inició al gran movimiento ambiental
que habría de denunciar por primera vez la utilización
masiva de productos agroquímicos, principal arsenal
de la llamada “Revolución verde”, que
buscaba garantizar la seguridad alimentaria de la creciente
humanidad de la posguerra, ocasionando efectos perjudiciales
no sólo al medio ambiente, sino también
a la salud de la personas.
A esta mujer le siguieron otras como Lois Marie Giba,
que encabezó una larga campaña para demostrar
el peligro que representaban las fisuras del depósito
más grande de dioxinas del mundo. En la campaña
del Love Canal (Nueva York), Giba consiguió que
240 familias fueran evacuadas en 1978 y la zona fuera
declarada “Área Federal de Desastre”,
luego de que la compañía Hooker Chemicals
hubiese vendido en 1953 el vertedero al Consejo Local
de Educación por un dólar a cambio de ser
absuelta de cualquier responsabilidad futura.
Activistas del Norte y del Sur
Desde
mediados de la década de los 70 y principio de
los 80, algunas corrientes feministas recuperaron la antigua
identificación patriarcal de “Mujer y Naturaleza”
para darle un nuevo significado. Es el caso del trabajo
de la teóloga y feminista brasileña Ivonne
Gebara, para quien los oprimidos, las mujeres y la naturaleza
habían estado siempre presentes en los discursos
de las estrategias dominadoras de la política,
la filosofía y la teología del pensamiento
Occidental.
Para esta especialista en Teología de la liberación
desde la perspectiva feminista, el viraje que intenta
introducir el ecofeminismo consiste en advertir que el
destino de los oprimidos está íntimamente
ligado al destino de la tierra. Es decir, que “toda
apelación a la justicia social, implica una eco-justicia”
que contradice la dominación de las mujeres, de
las culturas no occidentales y la explotación sin
límites de los recursos naturales.
A pesar de que las pioneras del ecofeminismo fueron las
intelectuales del llamado Primer Mundo antes mencionadas,
es en los países del Sur donde ha habido un mayor
desarrollo de la praxis de esta corriente feminista, debido
a que las mujeres de las zonas rurales, la mayoría
de ellas pobres, dependen totalmente del medio natural
para asegurar su subsistencia, la de sus familias y la
de sus comunidades.
Según el Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD), en América latina y Asia
las mujeres producen más del 50% de los alimentos
disponibles y en África casi el 80% además
de encargarse de proveerse de agua potable y leña.
A cambio disponen sólo del 1% de la propiedad y
tienen cerrado el acceso a créditos, ayudas, educación
y cultura. Una situación aberrante, si se tiene
en cuenta que, según el Fondo de Naciones Unidas
para la Población (FNUP), la mitad de la población
mundial está compuesta por mujeres.
Y es en el mal llamado “Tercer Mundo” donde
destacan mujeres que buscan construir un mundo mejor para
las futuras generaciones, como es el caso de Vandana Shiva,
física teórica de la India, pacifista, seguidora
de Ghandi, premio Nobel alternativo y premio Vida Sana,
que ha escrito multitud de libros y ha sido capaz de movilizar
en su país a cinco millones de campesinos contra
el Acuerdo General de Comercio y Aranceles (GATT) y de
ponerse a la cabeza de la gran movilización en
contra de la globalización del comercio en Seattle
a finales de 1999. Es además la fundadora de Navdaya,
un movimiento social de mujeres para proteger la diversidad
y la integridad de los medios de vida, especialmente las
semillas.
Su compatriota Bina Agarwal es también una representante
del ecofeminismo en India. Profesora de Economía
del Instituto de Desarrollo Económico de la Universidad
de Delhi, ha sido además catedrática de
diversas Universidades de Estados Unidos. Para ella, el
lazo que ciertas mujeres sienten con la Naturaleza tiene
su origen en sus responsabilidades de género en
la economía familiar. No son las características
afectivas o cognitivas propias de su sexo sino su interacción
con el medio ambiente (cuidado del huerto, recogida de
leña) lo que favorece su conciencia ecológica.
Y, por su puesto, es de obligatoria mención el
nombre de Wangari Maathai, Premio Nobel de la Paz en 2004,
también reconocida internacionalmente por sus esfuerzos
para salvar bosques y poner fin a la autocracia y la corrupción
en su país (Kenya). Esta ecologista ha desempeñado
un importante papel al frente del Movimiento Cinturón
Verde, una campaña para proteger y sembrar millones
de árboles en Kenya y el resto del continente africano.
La activista fue también profesora universitaria,
diputada y viceministra de Ambiente y Recursos Naturales.
Su labor comprometida ha ocasionado que fuera víctima
de hostigamiento, persecución y arrestos.
Paz y tierra
La
labor de los grupos ecofeministas se ha concretado en
campañas dirigidas a frenar el armamentismo nuclear
(Europa) o exigir un mayor acceso a la tierra y su manejo
sostenible (América Latina). Tal es el caso del
movimiento Greenham Common en el Reino Unido o el Movimiento
de los Sin Tierra (MST) en Brasil.
Greenham Common fue una iniciativa no violenta de un
grupo de mujeres británicas que en 1981 instalaron
un campamento junto a una base militar estadounidense
para protestar contra la proliferación nuclear.
Allí se mantuvieron hasta el cierre de esta instalación
en 2000, obteniendo el apoyo del mundo entero y convirtiéndose
en uno de los símbolos más relevantes de
la lucha contra las armas nucleares.
Las participantes en el campamento de Greeham Common,
que llegaron en un momento a ser 30 mil, se definían
a sí mismas como las Women for Life on Hearth (Mujeres
por la vida en la Tierra). Bajo el lema de “Tememos
por el futuro de nuestros hijos y por el futuro de la
Tierra, que es la base de toda vida”, estas ecologistas,
antinucleares y antimilitaristas utilizaron la creatividad
y la no violencia para poner fin al hostil paisaje militar
y erradicar la espada de Damocles de los misiles nucleares
de su entorno.
En América Latina, en cambio, la lucha ecofeminista
se asocia con la defensa de la tierra que es la fuente
principal de sustento en las zonas agrícolas. En
este sentido, el economista catalán Joan Martínez
Allier, editor de la revista Ecología Política,
recuerda a manera de ejemplo la historia de la comunidad
peruana de Tapuc, donde un grupo de mujeres sostenía
intransigentemente que los eucaliptos transplantados en
las parcelas del Manay debían ser retirados de
inmediato. Manay es la zona agrícola de barbecho
sectorial destinada al cultivo de tubérculos por
turnos y con varios años de descanso.
“Las mujeres insistían en que habían
heredado dichas parcelas de sus abuelos para abastecerse
de tubérculos, y que no iban a alimentar a sus
hijos con las hojas del eucalipto. Además, donde
crece el eucalipto, el suelo se empobrece y no sirve ni
para sembrar cebollas”.
Martínez Allier comenta en un artículo
sobre el ecologismo feminista que “cuando los recursos
naturales se degradan y son amenazados por la expansión
del mercado o por el control estatal, es frecuente hallar
a grupos de mujeres en la vanguardia de ese ecologismo
de los pobres”.
A manera de conclusión podemos citar a Vandana
Shiva, cuando afirma que “la ecología dice
que no se pueden destruir los fundamentos ecológicos
a través de los que sobrevivimos y el feminismo
recuerda que no hemos nacido iguales pero que formamos
parte de la misma especie. Así, el ecofeminismo
es realmente la filosofía de toda sociedad duradera”.
Más información en:
Feminismo
y Ecología
http://www.wedo.org/
www.navdanya.org/
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